Reina Roja Jack Escarcha El intercambio Lucía en la noche El Paciente Casi, casi No es mío El jardín del gigante

Concierto de sentimientos

Me encuentro perdida en un concierto de sentimientos puros y reales. Entre los cuales hay una batuta. Yo soy la batuta.

Dirijo mis movimientos ágiles y débiles hasta su cuerpo. Me estremezco al sentir sus dedos alcanzar mi oreja y colocarme el pelo tras de sí. Es tan cálido, tan sensible y el movimiento de la yema de sus dedos tan sosegado que desorbitan mis sentidos. Me encuentro perdida en un mar de suspiros. Alientos que se aceleran, miradas que se sienten turbias y que descansan las unas en las pupilas de otra. Mi mano sube tímidamente hasta su cuello, en el cual me adentro con vellos erizados. La palma de mi mano posada en ella y mis compañeros de viaje subiendo por aquella selva negra. Abriéndose paso entre caminos diferentes.


Suena una melodía de fondo. El vecino. Había perdido de tal manera la noción del tiempo que no recordaba que era su momento para ensayar con sus teclas.
La persiana está echada hacia abajo dejando pasar tímidamente la luz hasta reflejarse en las paredes. La luz necesaria para admirar su rostro y con él sus labios que se posan en mi frente, para dedicarle tiempo a ella con sus labios dulcemente.

Sí. Definitivamente era su batuta. Él guiaba mis movimientos, provocaba que mis suspiros se entrecortaran al sentir las caricias de sus yemas en mi piel, en mi vello que se manifestaba desde un segundo plano dejando paso a mis intranquilos nervios que transmitían sus débiles huellas dactilares en mi cuerpo.


The sweating from my eyes ...

Cayó la noche y sus innumerables silencios.


Esas volátiles alas de insectos minúsculos invadiendo mi habitación. Dejándome sin la sangre que mis venas necesitaban para mandar información al cerebro. Como todas las noches mi cuerpo, entre inerte y vital, dejaba caerse sobre las sábanas de fino y fresco algodón. El ventanal frente a mi cama reflejaba la luz de la Luna en mi rostro sin poder dejar de mirarla fijamente. Se siente sola allí arriba, pero ¿y si supiera como me siento yo aquí abajo? Me gustaría ser como el Sol. Amenazante. Que nadie pudiera mirarle a los ojos mientras él desde todo lo alto fija su mirada en todos nosotros. Capaz de hacernos desaparecer sin siquiera tocarnos.  

La Luna, sin embargo, se halla tímida entre sus súbditos; las estrellas. Eso es lo que la hace aún más débil. El Señor Fuego no necesita de acompañantes ni testigos para que denoten su maldad refugiada bajo esa amarilla y anaranjada capa de furia.

A ella le hago testigo de la sudoración de mis pupilas. Ella es quien me concede esos pañuelos tan blancos como las nubes. Cuando mi respiración se vuelve desmesurada siento como pequeños pinchazos recorren mi columna. Como mi corazón, en un puño que no es el mío, se contrae y libera de entre esos mismos dedos ajenos. De cómo el miedo y el instinto de supervivencia hacen que relaje mi garganta y sienta la necesidad de respirar después de llevarme unos segundos sin aire.
Me gustaría ser como el Sol.
Nadie se atreve a mirarle sin dejar su vida en ello.

Mañanas entre sábanas

Como cada mañana ella se levantaba de la cama. Iba directa a la cocina, agarraba la taza con la mano izquierda y la cafetera con la derecha. Oía el sonido del café impactar en el fondo de ésta. Todo parecía normal. Un nuevo día que le había regalado la vida. Un abrir y cerrar de ojos continuo mientras pestañeaba tierra en su mirada observando el cielo azul lleno de nubes tan blancas como las fachadas de las casas al horizonte.

 Las monótonas madrugadas, con sus innatos movimientos pero con una respiración entrecortada a sus espaldas. Se trataba de él. Del chico que seguía buscando entre las callejuelas y recovecos de la ciudad. Su nombre era desconocido, pero el sabor de su mirada y el color de sus labios era lo que le hacía perder la conciencia.

Ese olor tan peculiar que llevaba impregnado en la ropa para ella era como su pan de cada día, sin embargo él no paraba de inspirar para hacer de ese aroma su propio signo de identidad.

Seguían en ropa interior. No se molestaron ni de desprender ni de colocarse ropa; les era suficiente con lo que llevaban. El tacto de sus dedos en la cintura de ella y como instantáneamente se le erizaba el vello eran pequeños movimientos que hacían que ella se pusiera nerviosa de un momento a otro y que él se relajase aún más.

Ella era sus besos crepusculares y él se convirtió en sus tempranas caricias. 

Somos tiempo ...


Normalmente contamos los días, las semanas, los meses o años que llevamos con una persona. Cuando alguien conocido nos para por la calle y nos formula la típica pregunta ¿y con tu pareja, qué tal vas? Y se le responde automáticamente el tiempo que lleváis juntos al lado de un impasible “somos muy felices” y una sonrisa que llega de oreja a oreja porque estás deseando hablar de esa persona aunque sea con un desconocido. Pero... ¿Realmente qué somos? Y si en lugar de a la pregunta ¿cuánto lleváis juntos? Respondiéramos llevamos diez besos, once abrazos y miles de miradas. 

Transportando esta pregunta a la vía personal cuándo se nos pregunta ¿cómo estás? ¿Acaso se le responde con los días que llevamos vivos y los que nos quedan por vivir? No, porque ni nosotros sabemos cuántas horas nos quedan de vida con lo que responder los días sería casi imposible. No llevamos una calculadora en el bolsillo del pantalón para multiplicar las desgracias, los problemas, las ilusiones y los momentos felices de nuestra vida como para dividirlas por las experiencias que nos quedan por vivir y las cuales crearán en nosotros reacciones que ni conocemos.

Dejemos que todo fluya. Que nuestra mirada se pierda en los ojos de esa persona a la que aun le estás buscando el significado en tu vida, que la linea de su mano con la tuya se unan creando un largo camino sin término, que vuestros olores se unan transformando la atmósfera en una cara y arcaica fragancia, que el dióxido de carbono que expulsan sus pulmones lo inhalen los tuyos creando oxígeno conciliador ... Que vuestros sentimientos se apoyen en un mismo pensamiento y haga latir dos corazones al mismo compás.

Cuando hayas conseguido todo esto podrás declarar con total seguridad “estoy enamorada”