Me encuentro perdida en un
concierto de sentimientos puros y reales. Entre los cuales hay una batuta. Yo
soy la batuta.
Dirijo mis movimientos ágiles
y débiles hasta su cuerpo. Me estremezco al sentir sus dedos alcanzar mi oreja
y colocarme el pelo tras de sí. Es tan cálido, tan sensible y el movimiento de la
yema de sus dedos tan sosegado que desorbitan mis sentidos. Me encuentro perdida
en un mar de suspiros. Alientos que se aceleran, miradas que se sienten turbias
y que descansan las unas en las pupilas de otra. Mi mano sube tímidamente hasta
su cuello, en el cual me adentro con vellos erizados. La palma de mi mano
posada en ella y mis compañeros de viaje subiendo por aquella selva negra.
Abriéndose paso entre caminos diferentes.
Suena una melodía de fondo. El
vecino. Había perdido de tal manera la noción del tiempo que no recordaba que
era su momento para ensayar con sus teclas.
La persiana está echada hacia
abajo dejando pasar tímidamente la luz hasta reflejarse en las paredes. La luz
necesaria para admirar su rostro y con él sus labios que se posan en mi frente,
para dedicarle tiempo a ella con sus labios dulcemente.
Sí. Definitivamente era su
batuta. Él guiaba mis movimientos, provocaba que mis suspiros se entrecortaran
al sentir las caricias de sus yemas en mi piel, en mi vello que se manifestaba
desde un segundo plano dejando paso a mis intranquilos nervios que transmitían
sus débiles huellas dactilares en mi cuerpo.












